jueves, 21 de julio de 2016

Sí es posible vencer la depresión

¿Se siente a la altura del suelo?
Levante el ánimo y entérese:

Sí es posible vencer la depresión

Por William Thomas Buckley

La Depresión Psíquica –cuyos síntomas pueden variar desde insomnio, fatiga y falta de concentración hasta parálisis emocional y pensamientos suicidas- siempre se ha considerado una enfermedad de los años medios o finales de la vida humana; pero los médicos están informando ahora que entre la gente joven ha aumentado en forma considerable y sorprendente el número de casos.

¿Por qué está presentándose la depresión psíquica a edad más temprana y con mayor frecuencia? Nadie conoce la causa exacta, pero el doctor Robert Hirschfeld, jefe de investigación de Trastornos del Estado de Ánimo, Angustia y Personalidad del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos señala los extraordinarios cambios sociales que han ocurrido en los últimos 20 años. Entre estos figuran la modificación de los papeles sociales del hombre y de la mujer, la incorporación masiva de la mujer a la fuerza de trabajo y la aceleración d la movilidad en el ámbito geográfico, que separa a las personas del apoyo de sus familiares y amigos.

Los expertos advierten que la “depresión clínica”, que puede ser muy grave, requiere de la atención de un médico o psicólogo especializados en el tratamiento de este trastorno. Si su estado de ánimo deprimido persiste alternadamente un día sí y un día no, semana tras semana, o si empeora hasta convertirse en negro desánimo, debe usted acudir a ver a su médico.

Pero también es posible que se ayude a sí mismo. He aquí cinco enfoques, recomendados por reconocidos especialistas en la  materia:

1. Haga algo constructivo. La depresión se nutre de la inercia, y la acción es su enemigo natural, asevera el psiquiatra David Burns, del Centro Médico Presbiteriano de Filadelfia. Cuanto menos haga usted, menos deseará hacer. Para combatir la inercia –aconseja este experto-, escriba un plan de acción diario: desde que se levante hasta que apague la luz para dormir. Incluya en su lista de acción todo lo que piense hacer, hasta la ducha y las comidas, porque si de veras se siente profundamente deprimido, incluso las pequeñas tareas pueden parecerle enormes. Divida la actividades complejas en pequeños pasos; así le parecerán más factibles.

Si aún la elaboración del plan le resulta un proyecto imposible, siga el consejo del doctor Burns, en el sentido que la acción, a menudo, debe preceder a la motivación, lo cual significa que no debe usted esperar a tener ganas de empezar a actuar, pues mientras la persona esté deprimida, quizá nunca se decida a actuar. En vez de esperar a tener ganas de hacer algo, conviene “cebar la bomba” dando un pequeño paso para empezar a actuar.

2. Ayude a alguien. El altruismo está ganando rápida aceptación entre los médicos como un magnífico método para ayudarse a sí mismo a mejorar la salud mental. El trabajo voluntario, el servicio a la comunidad, o un gesto de buen vecino, como hacer las compras para un anciano recluido en casa, pueden ejercer en el ánimo efecto terapéutico.

“Así se da uno cuenta de que tiene compasión y entiende a los demás”, afirma    la reverenda Florence Pett, quien, como ministra de la Iglesia Colegiada Marble, de la ciudad de Nueva York, trabaja con voluntarios. “Se dice uno: Puedo hacer algo; no soy inútil. Además, como aislarse del trato con la gente es una causa importante de depresión, el contacto humano se convierte en elemento curativo.

3. Programe su alegría. Muchas personas deprimidas se privan de los pasatiempos que más les gustan, lo cual empeora su situación. Para enderezar la vida, incluya en su agenda de cada día actividades placenteras. Haga vida social; sobre todo acuda a reuniones con amigos; proyecte actividades que le den la sensación de ser competente, como dominar una nueva habilidad; programe también eventos placenteros, tales como salir a cenar a un restaurante o ir a ver una película.
También trate de sonreír. Muchas investigaciones demuestran que la conducta da forma a nuestras emociones, explica el psicólogo James Laird, de la Universidad Clark, en Massachussets. Si se siente usted triste, no adopte una postura desgarbada; siéntese erguido; no arrastre los pies al andar; camine con garbo; y no frunza el entrecejo; sonría. Aun el mero intento de tener un porte dinámico puede subirle el ánimo. “Las acciones que acompañan a sentirse feliz –las expresiones faciales, las posturas, los movimientos corporales- pueden hacer que se sienta usted feliz”, explica Laird.

4. Haga ejercicio con regularidad. Sharon, casada, y madre de dos hijos, corre regularmente para combatir la depresión. “Si corro, empiezo a sentirme bien, aunque sea por la única razón de que estoy logrando algo”, asegura. “Por más desanimada que me sienta antes de correr, después me siento mejor”.
Los científicos piensan que el ejercicio aeróbico –actividades como la marcha a paso vivo, correr, nadar y montar en bicicleta- quizá induzca mayor confianza en uno mismo, mejore la sensación de bienestar y sea vigorizante. Por otra parte, en la medida en que nos ayudan relajarnos, estas actividades pueden disminuir la tensión y la angustia que coadyuvan la depresión.

5. Ilumine el día. Ángela, escritora de éxito, siempre había procurado vivir en lugares bien iluminados, hasta que en un invierno tuvo que trabajar en un sitio con poca luz. Se sentía letárgica y no podía terminar un libro que se había propuesto escribir. Ángela sufría de “trastorno afectivo estacional”, una depresión por sensibilidad a la falta de luz en que las bajas repentinas en el estado de ánimo coinciden con los meses de oscuridad del invierno.

Las investigaciones han demostrado que la exposición a la luz –solar o artificial- puede contribuir a superar la depresión estacional, que afecta a un número relativamente pequeño de personas. Especialistas como el psiquiatra Norman Rosenthal, del Instituto Nacional de Salud Mental, han demostrado que pueden ayudar dispositivos luminosos especiales, pero que estos no deben usarse sin la supervisión de un médico. Usted puede aumentar la luminosidad de su hogar creando un ambiente interior más alegre. Y al elegir una actividad diurna, como caminar o correr, puede aprovechar la luz natural.

Antes de embarcarse en la autoterapia por lo que sospecha usted es una leve depresión, acuda a que le hagan un reconocimiento general para cerciorarse de que goza usted de buena salud. A continuación, fíjese una meta de dos semanas. Si para entonces todavía no se siente bien, o se siente peor, o si en cualquier momento tiene pensamientos suicidas, hable con su médico. Y no eche en saco roto este sabio consejo del doctor David Burns: “La decisión de ayudarse a sí mismo es la clave para sentirse mejor”.

Fuente:

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo C, Número 596, Julio de 1990, Reader’s Digest Latinoamérica, págs 109-111


Nota: Hay información más reciente sobre la depresión que está disponible pero me pareció interesante este artículo y por eso quise compartirlo en el blog.


En la Hora más Oscura


Por Robert O’Brien
 
Parecía como si todos los males se hubieran dado cita para llegar al mismo tiempo. Una reducción de gastos en el diario en que trabajaba me dejó cesante en momentos en que mi familia necesitaba más de mi ayuda. Andaba yo buscando empleo inútilmente cuando el padre de Mary cayó enfermo de gravedad. Tendría ella que permanecer a su lado por tiempo indefinido, consagrada a cuidarlo. Semanas antes nos sonreía la vida; habíamos estado haciendo planes para nuestra boda. ¿Ahora? Ahora nos hallábamos frente al desastre.
Invierno en la tierra… y también en nuestros corazones.
Multitud de veces me había tocado enterarme de los infortunios ajenos. En mi calidad de reportero debía tomar nota de casos como la pérdida del empleo, la enfermedad repentina, el accidente grave, que dejaban atribulada a una familia hasta entonces dichosa. Mi oficio era escribir acerca de esos casos… impersonalmente. Pero este caso me hería en lo más vivo:el atribulado era yo mismo.
Al final de una tarde plomiza y desapacible, bien abrigado con un grueso jersey, salí de casa y llamé a Mary por teléfono desde la botica de la esquina.
-Salgamos a dar una vuelta y a respirar al aire libre-le dije.
-Vayamos a la playa-propuso Mary-. No sé por qué siento deseos de ver el mar.
Al poco rato se hundían nuestras pisadas en la arena de la playa envuelta en las últimas claridades del atardecer. Las olas claras y frías se estrellaban en la orilla con tumultuoso hervor. Detrás de ellas iba extendiéndose la bruma.
Sentados en un madero que el oleaje había dejado en seco, empezamos a hablar. A nuestra espalda, más allá del alto malecón, se veía el paseo por el que no transitaba un alma. Estábamos solos en el mundo… solos con nuestras penas.
-Todo tiene arreglo en esta vida -me dijo Mary tomando mi mano entre las suyas-. Podemos trabajar y esperar hasta que cambie la suerte.
Trataba de mostrarse valerosa y confiada. Sacudí tristemente la cabeza, consciente de que debíamos arrostrar la realidad, y le dije:
-Las cosas no siempre se resuelven a la medida de nuestros deseos. Cuando la vida se revuelve contra uno, no hay modo de cambiar su curso. He visto fracasar a muchos. Nosotros no somos distintos. La vida no hace excepciones con nadie.
Me quedé mirándola. Tenía la vista perdida en la arena y el semblante velado de tristeza.
-Mary –seguí diciéndole- estamos en un callejón sin salida. Empeñarnos en seguir como vamos será hundirnos juntos. Tu padre no puede valerse sin ti. Yo no tengo con qué mantenerte. Tú tienes que quedarte y yo debo irme. Sí, debo marcharme a buscar trabajo donde lo haya. Tal vez será mejor que trates de olvidarme.
Ella calló. En realidad, nada había que decir.
En la helada brisa nocturna flotó la voz lamentosa de una sirena de nieblas. El frío era cada vez más intenso. Mary empezó a tiritar. Nos levantamos y echamos a andar por la playa desierta, oprimidos de silencio y pesadumbre los corazones.
-¡Mira!
Miré hacia donde señalaba Mary. Al principio vi solamente la perezosa sucesión de las olas. Luego distinguí algo. Parecía un madero, juguete del mar. Sin embargo, Mary y yo sentimos que no era eso. Echamos a correr. E agua nos penetraba de su frialdad al arremolinársenos en las rodillas, en la cintura. Al fin llegamos. Era una mujer. Estaba completamente vestida. La agarramos cada uno por un brazo.
-¡Déjenme!-dijo tratando de soltarse- ¿Déjenme!
Forcejeamos con ella  en medio de la oscuridad y la niebla, entorpecidos nuestros movimientos por el oleaje y lo empapada que teníamos la ropa. Logramos al cabo ganar un sitio donde el agua era poco profunda. Entonces se desmadejó la mujer y quedó hincada de rodillas.
Era bien parecida y no representaba arriba de 25 años. El bolso de mano flotaba cerca de ella, sujeto al brazo por la larga correa del asa.
La mujer levantó la cabeza y nos miró. Tenía hundidos y apagados los ojos, sin color las mejillas. Un temblor le agitaba los hombros endebles. Las olas rompían en torno nuestro y trataban de arrastrarnos; la arena nos restregaba los tobillos.
Medio en vilo, medio arrastrándonos, sacamos a la mujer a la playa. A pocos metros de la orilla se nos escurrió de entre las manos. Arrodillándonos de espaldas al viento, le frotamos enérgicamente las piernas y los brazos. Empezó a respirar lenta y entrecortadamente.
-Voy a pedir auxilio-dije.
-Corre-contestó Mary.
A un kilómetro del malecón había un merendero. El viejo de blanco delantal que estaba ocupado en hacer café me miró de hito en hito. Debía de ser curiosa mi facha con la ropa chorreando agua. Fui al teléfono y llamé a la policía. Cuando iba marcharme se me acercó el viejo.
-Aquí tiene-dijo entregándome una jarra de humeante café y unos vasos de papel. Rehusó con un ademán el pago.
Tropezando aquí y allá en la arenosa playa envuelta en la oscuridad corrí hacia Mary. Quería hallarme a su lado cuanto antes, en el caso que la mujer falleciese.
-Aún tiene pulso-dijo Mary.
-Ya viene la policía.
Viendo que la mujer era incapaz de tomar ni un sorbo de café, seguimos friccionándole piernas y brazos. Nos pareció que era lo único que podíamos hacer por ella. En la sombra nocturna resonaba distante, lento y avasallador el ritmo del mar.
A poco rasgó la niebla el haz de un reflector que desde el malecón recorría la playa. Apenas nos enfocó permaneció fijo en nosotros. Llegaron corriendo dos policías.
Uno de ellos examinó el contenido del bolso de mano. Un billete de 20 dólares. Un pase de automovilista. A la luz de la linterna leyó: «Judith Snow, edad 28 años».
La mujer estaba ahora completamente inmóvil. Era imposible notar si respiraba o no.
-Creo que ha muerto-me dijo uno de los policías.
-No. Todavía se le siente el pulso-dijo Mary.
Rasgó el aire la sirena de una ambulancia. Surgieron de la niebla dos camilleros que corrían hacia nosotros. Rápida y suavemente colocaron a la mujer en la camilla. Vimos dibujarse sobre nuestras cabezas varios rostros a los que servía de fondo el telón de la niebla. Allá arriba, en el borde del malecón, un grupo de gente miraba hacia la playa como miran al redondel los espectadores de un circo.
Triste era la procesión que formábamos al subir por la rampa del malecón los camilleros, los policías, Mary y yo. Al salir de la rampa nos envolvió en fugaz y cegadora claridad el fogonazo de la bombilla de un fotógrafo de periódico que estaba acechando nuestra llegada. Los camilleros deslizaron cuidadosamente a la mujer en el interior de la ambulancia, que acto seguido se alejó a toda velocidad.
Mary y yo tomamos asiento en el auto patrullero de la policía. Uno de los agente apuntó nuestros nombres y direcciones. Le contamos lo que había dicho Judith Snow y cómo habíamos tratado de salvarla. El agente se nos quedó mirando desde la penumbra del fondo del coche. Era joven, y su rostro cobró una expresión preocupada cuando nos dijo:
-Si tardan ustedes unos minutos más, habría muerto sin remedio. ¿Qué tal se siente uno al saber que ha salvado una vida?
Mary me estrechó la mano y no dijo nada. Yo tampoco hallé nada que decir.
Esa misma noche, a hora bastante avanzada telefoneamos al hospital. En mis andanzas nocturnas de reportero había hecho muchas llamadas parecidas; pero esta vez no se trataba de una llamada de rutina.
-¿Quién habla?-preguntó con sequedad la enfermera.
Le di nuestros nombres y agregué:
-Somos los que salvamos a la señorita Snow en la playa del malecón.
El tono de la enfermera se hizo cordial al decirme:
-La señorita Snow no se ha repuesto aún de su estado de postración nerviosa, pero hay en ella voluntad de vivir… y vivirá.
Al otro día por la tarde recibimos una carta por correo expreso. Venía dirigida a Mary y a mí.La letra era clara y firme.
«Me sentía completamente sola en el mundo, y lo veía todo negro, y me dio miedo-decía la carta-. Ignoro por qué Dios se apiadó de mí. Él me hizo ver anoche que no estaba tan sola ni tan abandonada. Para mí será siempre un milagro de Dios que ustedes acertaran a estar por esos lados… dos personas extrañas, y sin embargo, dos amigos.
«Nunca volveré a sentirme sola en el mundo. Ahora sé que Dios ilumina con su presencia el lugar más oscuro y más solitario de la Tierra. Les estoy muy agradecida a ustedes y doy gracias a Dios, que por mediación de ustedes me ha dado una nueva vida y un mundo nuevo. Judith Snow».
Mientras Mary y yo leíamos la carta cruzaban por mi imaginación el viejo del merendero con su espontánea caridad; el joven policía con su cariñosa preocupación; los camilleros con su diligente solicitud; la enfermera con su voz afectuosa… y Judith Snow. Todos, personas extrañas; pero todos seres humanos; todos prójimos nuestros.
Ante un mundo que súbitamente aparecía a nuestros ojos acogedor y cordial, Mary y yo hallamos respuesta a la pregunta: ¿Qué tal se siente uno al saber que ha salvado una vida? Porque si a Judith Snow se le había deparado en la hora más negra de su existencia una nueva vida y un mundo nuevo, a nosotros se nos deparó también igual beneficio.
Nunca más volvimos ni volveremos a sentirnos abandonados y solos en el mundo. Una fe renovadas nos ha dado la fuerza necesaria para transformar las dificultades en fuente de estímulos vitales. Gracias a los solícitos cuidados de su hija, el padre de Mary mejoró en forma tal que dejó pasmados a los médicos. Para la primavera estaba en franca convalecencia. En cuanto a mí, la pérdida del empleo fue en realidad una fortuna: me libró de haberme pasado la vida vegetando. Al enfrentarme a la necesidad de abrirme paso en un nuevo campo, empecé a ganar en breve lo suficiente para sostener un hogar
Una tarde de junio, al retirarnos Mary y yo del altar después de haber recibido la bendición nupcial, nuestros corazones rebosaban de gratitud.
-Gracias-murmuré al oído de Mary.
-Gracias-murmuró ella sonriendo.
Alimentamos la esperanza de que Judith Snow haya podido oírnos, sea cual sea el lugar donde se encuentre.

Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Enero de 1954, tomo XXVII, N° 158, págs. 44-48, Selecciones del Reader’s Digest, S.A., La Habana, Cuba

domingo, 10 de julio de 2016

Ideas por aquí y por allá.

-Los libros malos sirven para que uno se dé cuenta en qué no debe gastar su tiempo y su dinero.

-Una persona demasiado caprichosa es la personificación de una epidemia.

-La belleza vive peleada con la cultura porque a la primera no le interesa educarse más y prefiere seguir en su dora... gris mediocridad..
 
-Ya que existen los congresos (parlamentos) no hay tanta necesidad de ir a los circos para ver a más payasos y animales.

-La gente estúpida vive falsamente contenta en su propia imbecilidad.

-Muchos de los mal llamados "intelectuales" (sarta de culturetas) son como la mermelada: cualquiera se sirve de ellos mostrando la chequera o la billetera.

La incoherencia es su divisa.

-Algunas conversaciones son tan insoportables porque parece que nos están tomando un examen de conocimientos.

-La mujer es el único ser que puede aguantar 3 ó 4 o más horas en la peluquería o en las tiendas sin aburrirse.

-El maquillaje exagerado es el disfraz de alguien que podría haber fracasado en la escuela de payasos.

- Y el no arreglarse en nada demuestra que o se tiene la autoestima por los suelos o porque se ha caído en fanatismos brutos, idiotas y machistas.

-La música de ahora hace extrañar y oír más la que se hizo antes.

-El celoso hace ridiculeces en cualquier reunión y cree que nadie se ha dado cuenta de sus gestos infelices..

-Hay ignorantes que se creen tan cultos que no se dan cuenta de las barbaridades que dicen o cometen.

-La educación son 12 años tan inútiles porque hay que volver a aprender casi todo lo demás antes de ingresar a la Universidad, y muchos salen de allí más bestias que los animales.

-Fobia a la lectura : la pandemia del siglo XXI.

Un "aplauso" para los gobiernos fanáticos del plan educativo del Gran Hermano basado en pan y circo para las masas: varios países son los más ignorantes del mundo con nuestra maravillosa crisis global.

Felicidades.

-¿Qué dices, Orwell?

-Diría: Si viviera ahora preferiría morir antes que ver mis pesadillas representadas en vivo y en directo y a todo color.


-No se pierdan las próximas estupideces de los ricos y/o famosos: vienen cada vez peores.


-La gente se escandaliza hipócritamente de cosas que son tan comunes desde la antigüedad: borracheras, adulterios, drogadicción y demás lacras humanas.

-El chismoso es tan cretino que se molesta porque la gente de la que habla mal no lo saluda.


-En la lotería de la vida me tocó ser vecino de una sarta de necios chismosos cobardes que insultan a otros por prejuicios, y por mi salud a gran parte de ellos los evito como la peste que son: abuelos estúpidos, padres imbéciles que crían a sus hijos de tal manera para volverlos unos grandísimos idiotas.

Y en todas partes lo mismo.

 

viernes, 10 de junio de 2016

Terminó la telenovela

Terminó la telenovela de las elecciones y ahora toca aguantar la otra de 5 años seguidos: el gobierno de PPK y el hermoso Zoocongreso que vamos a tener.

Caray, se ha elegido a gente capaz y también a una sarta de adefesios con líos judiciales y otras lacras ad nauseam (hasta las naúseas).

Muchos no vengan luego a quejarse hipócritamente de la caca que eligieron para el chistosamente llamado Poder Legislativo porque sabían muy bien o no les importó toda esa gentuza que va a ser congresista.

Vamos, si hace tiempo demostraron lo que eran y en el presente continúan con lo mismo.

No creo en los políticos desde la época... jurásica así que lo que hagan o dejen de hacer no me llama la atención ni me sorprende. Sólo lo comento.

Uno tiene que seguir viviendo y... trabajando.


Alea iacta est



lunes, 30 de mayo de 2016

Cuando las Palabras Hieren

Por Jennifer James

No tienes remedio”.
“¡Qué lindo vestido! ¡Lástima que no lo tuvieran en tu talla!”
“Me enteré de que tu hija por fin consiguió trabajo. Fue por influencia de su padre, ¿verdad?”
“¿Por qué pierdes el tiempo tecleando? ¡Nunca tocarás el piano como tu madre!”
“¡Caramba, estás guapísima! ¿Te hicieron la cirugía plástica?

Los comentarios hirientes nos sacuden todos los días, y casi siempre nos toman desprevenidos. Parecen surgir por todas partes: en la calle, cuando las horas de mayor afluencia hacen aparecer lo peor de la gente; en las filas, cuando todo el mundo empieza a desesperarse; en el trabajo y durante la cena, cuando las personas se sienten en libertad de ser descorteses.

Existen tantos estilos de crítica destructiva, que es imposible clasificarlos. Hay pullas comunes y cotidianas (“¡Felicidades! ¡Por fin lo lograste!”) y otras tan dolorosas que nos dejan confundidos y molestos (“¿Cómo te las arreglas para tener un busto tan pequeño? o “Ya veo que estás ocupado en tu especialidad: comer”).
También hay comentarios increíblemente carentes de delicadeza. Cuando un hombre se armó de valor para comunicarle a su madre que su esposa lo había abandonado, ella le respondió con sarcasmo: “¿Por qué tardaría tanto?”.

Se supone que en la familia nos refugiamos del mundo; pero, en realidad, los parientes hacen comentarios que nunca saldrían de su boca fuera del ámbito familiar, con el pretexto de que: “Bien sabes que no te diría esto si no te amara”.

Una mujer recuerda, que, a la tierna edad de 12 años, se hallaba ante el espejo del cuarto de baño, cuando su madre observó: “No te preocupes, mi amor; si la nariz te sigue creciendo, te la arreglaremos”. Ella siempre había creído que su nariz era perfecta.

La clase de insultos que más llama la atención es la pulla disfrazada, a la que se da el nombre de “crítica constructiva”  (y que es todo, menos eso). Es fácil reconocer las afrentas de esta índole por las frases que las acompañan, como: “Espero que no te molestes si soy franco” o “Te  lo digo por tu propio bien”. Para colmo de males, se supone que debemos admirar al crítico por su sinceridad y agradecerle su interés, mientras tratamos de recuperarnos del golpe bajo.

Cuando nos defendemos de los insultos, es fácil quedarnos atrapados en un círculo vicioso de ataque y contraataque. Afortunadamente, hay maneras de  desviar las agresiones… y reforzar  la autoestima. La próxima vez que sea usted blanco de una crítica mordaz, intente seguir alguna de estas estrategias:

•    Averigüe que hay detrás del insulto. La gente criticona tiene mucho resentimiento que descargar. Si ignora lo que realmente molesta al crítico, pregúnteselo. Recuerde: no todos los ataques van dirigidos a usted, así que deténgase un momento y trate de descubrir su origen.

La mesera no le escoge a usted como víctima; lo que ocurre es que su novio rompió    con ella. El conductor que se le cierra bruscamente no es su verdugo: tiene prisa por llegar a ver a su hijo enfermo. Déjelo pasar; anímelo en su trayecto. Cuando no condena a la gente de antemano, le reconfortará su propia delicadeza.
•    Analice la pulla. En The Gentle Art of Verbal Self-Defense (El sutil  arte de la autodefensa verbal), Suzette Haden Elgin sugiere dividir un ataque en sus partes y responder a la suposición tácita… sin hacerse la víctima. Por ejemplo, alguien a quien le dijeran: “Si me quisieras, adelgazarías”, podría responder: ”¿Desde cuándo te imaginas que no te quiero?”

El secreto está en analizar lo que se dijo –y lo que se calló- antes de reaccionar. Si se puede evitarlo, no ceda a la provocación.

•    Enfréntese a su crítico. No es fácil hacer frente a los insultos. Una manera de lograrlo consiste en ser directo. Desarme el comentario negativo con réplicas como esta: “¿Tienes alguna razón por la que quieras herirme?” o ”¿Estás consciente de cómo podrían interpretar ese comentario otras personas?”

Una segunda opción es pedir al agresor que aclare sus palabras: ”¿Qué quisiste decir con eso?” o “Quiero estar seguro de que entendí lo que dijiste”. En cuanto el crítico se sienta desenmascarado, lo dejará en paz. No hay nada que avergüence tanto como ser pescado con las manos en la masa.

•    Recurra a su sentido del humor.  En una ocasión le dijeron a una amiga mía: ¿Es nueva tu falda? Esa tela parece propia para tapizar sillas”. Mi amiga repuso: ¿Ah, sí? Pues ven a sentarte en mi regazo”.

Otra mujer me contó que su madre, que había dedicado su vida a mantener la casa impecable, reparó un día en una telaraña en la cocina de su hija, y exclamó: “¿Qué es eso?” La hija contestó con ironía: “Un experimento científico”. Ver la vida a la ligera es una de las mejores armas contra los insultos. Con ingenio agudo es posible desarmar casi a cualquiera.

•    Establezca señales. Una dama a quien su esposo sólo criticaba en público empezó a llevar consigo una toalla pequeña. Siempre que él hacía un comentario hiriente, ella se ponía la toalla en la cabeza. El marido se sintió tan avergonzado, que dejó de humillarla.

Otra familia acuñó una frase que tiene el mismo propósito. En una ocasión, después de la cena, su invitado exclamó: “¡Estuvo exquisito! El pollo se consigue barato en estos días, ¿verdad?” Después de ese incidente, siempre que uno de ellos hace un comentario mordaz alguien contraataca: “El pollo se consigue barato”, y todos ríen.

•    Quite importancia al agravio.  No contradiga a su atacante. Si su esposa declara: “Has aumentado como 10 kilos, ¿no, querido?”, respóndale: “En realidad, son casi 12”. Si insiste: “¿No vas a hacer nada al respecto?”, intente esta réplica: “No. Quiero estar gordo una temporada”. Las pullas sólo tienen fuerza sólo si usted se las otorga. Al asentir ante la crítica la anula.

•    Pase por alto el insulto. Tome nota del comentario mordaz, dése cuenta de que  no es aplicable a usted, y haga caso omiso de él. Saber perdonar es una de las técnicas de supervivencia más importantes que podemos cultivar.

Si en ese momento no desea pasar por alto el insulto, haga saber a su atacante que se percató usted del comentario, pero que no contraatacará. La próxima vez que alguien que alguien lo ofenda, limpie una mancha imaginaria de su camisa. Cuando la persona le pregunte qué hace, responda: “Sentí algo que me había golpeado, pero quizá me equivoqué”. Cuando el agresor sabe que usted advierte sus intenciones, lo pensará dos veces antes de volver a hacer observaciones injuriosas.

O puede usted puede fingir indiferencia. Parpadee, bostece, y desvíe la mirada con expresión de “¿qué me importa?” La gente detesta que se le tache de aburrida.

•    No olvide la regla del diez por ciento. Nunca podrá usted evitar ser blanco de comentarios hirientes. Trate de aceptar ciertas agresiones verbales como el desahogo normal de la frustración con que todos nos topamos. La mayoría procuramos no insultar a los demás, pero a veces fallamos. Por ello, defiéndase cuando le parezca conveniente hacerlo, pero considere también la solución del diez por ciento:

El diez por ciento de las veces, lo que usted acaba de comprar resulta estar más barato en otra parte.

El diez por ciento de las veces, algo que usted prestó le será devuelto en mal estado.

El diez por ciento de las veces, incluso su mejor amigo lo lastime de palabra, y lo lamente después.

Dicho de otro modo, endurézcase contra el insulto o la crítica. Suele ser más fácil suponer que la gente obra de la mejor manera que puede,  que muchas personas no son conscientes de las consecuencias de su proceder.

Cuenta mucho más estar a la defensiva, pretender tener siempre la razón y salirse con la suya. Intente perdonar, y obtendrá a cambio mucho más del diez por ciento.

Después que un hombre agredió verbalmente a Buda, este le respondió:
-Hijo mío, si alguien se negara a aceptar un regalo, ¿a quién pertenecería este?
-A aquel que se lo ofreció –contestó el hombre.
-Pues, entonces, me niego a aceptar tus injurias –concluyó Buda.

El mundo está lleno de personas que fincan su valía en rebajar a los demás. Tiene sus bolsas y sus bolsillos repletos de agravios, y los reparten a diestra y siniestra.

Niéguese a aceptar los insultos de esos resentidos, aunque se los lancen disfrazados de cariño. Al mostrarse indiferente ante ellos, mitigará la tensión y fortalecerá sus relaciones y su alegría de vivir.

Fuente:
Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CI, Número 603, Febrero de 1991, Reader’s Digest Latinoamérica, págs 79-82


Nota de B.A.: Si me indican que puedan existir problemas por derechos de autor borraré el artículo.

Ángel de los Perseguidos

                             
Durante casi dos años, en Polonia, una joven protegió a 13 judíos de la amenaza nazi

Por Thomas Fleming

CUANDO LLAMARON a la puerta, Stefania Podgorska sintió mucho miedo. Acababa de acostar a su hermanita Helena. Corría el año de 1942, y la parte suroriental de Polonia había formado parte del imperio de Hitler desde hacía más de tres años. Przemysl, ciudad de más de 50,000 habitantes, estaba llena de agentes de la Gestapo y de soldados alemanes en camino al frente ruso.

La rubia y hermosa joven de 19 años había sentido más de una vez cómo la miraban esos hombres cuando entraba en la casa donde su hermana de ocho años y ella vivían solas. Su padre había muerto antes de la guerra, y a su madre y su hermanos los habían deportado a Alemania, a hacer trabajos forzados. Para mantenerse a sí misma y a su hermana, Stefania operaba una máquina herramienta en una fábrica de la localidad.

Con el corazón desbocado, entreabrió la puerta. Apoyado en el marco estaba un hombre robusto, maltrecho y cubierto de  lodo, que le dijo en voz baja:
-Fusia, necesito ayuda.

Fusia. Sólo sus amigos más cercanos la llamaban así. En ese momento lo reconoció; era Josef Burzminski, de 27 años, hijo del matrimonio en cuya casa trabajaba Stefania cuando los alemanes ocuparon Przemysl.
 Hacía unos meses que los nazis habían conducido a la familia al gheto, junto con los otros 20,000 judíos de la ciudad. Antes de marcharse, los esposos le pidieron a Stefania, en quien confiaban plenamente por considerarla una buena amiga, que se quedara en la casa y la cuidara.

Stefania ayudó a Josef a sentarse en una silla. Y él le pidió:

-¿Puedo quedarme una noche? Te juro que me iré mañana, Fusia. No quiero comprometerte.

La muchacha se esforzó por dominar el terror que se había apoderado de ella. Los alemanes habían puesto avisos por toda la ciudad amenazando con ejecutar a cualquier persona que ocultara judíos. Stefania quería tenderle la mano a ese hombre desesperado, pero, ¿debía arriesgar no sólo su vida, sino también la de su hermana?

Sin embargo, sabía lo que tenía que hacer. Además de una profunda fe religiosa, debía a sus padres, y en particular a su madre, Katarzyna Podgorska, un claro sentido del bien y el mal.

Stefania volvió  los ojos a la recámara, donde había una pintura de la Virgen. Era la misma que se había encontrado un día en una feria, cuando tenía nueve años, y que le había rogado a su madre que le comprara. Desde entonces, todas las noches, cuando rezaba, aquel semblante sereno le infundía paz y fortaleza.

Debes hacerlo, le aconsejó una voz interior. La chica le tocó a Josef una mejilla lastimada, y le dijo:

-Claro que puedes quedarte.

MIENTRAS STEFANIA preparaba té, Josef  le contó que la SS había arrasado el gueto, obligando a sus padres y a muchos más a subir a los vagones de carga de un tren que partió rumbo a los campos de exterminio. A Josef y a uno de sus hermanos los metieron en otro tren. Cuando este arrancaba, el muchacho logró cortar con una navaja el alambre de púas de una estrecha y alta ventana del vagón. Haciendo pasar por la abertura su cuerpo musculoso y bajo de estatura, cayó al suelo con fuerza terrible y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí se encaminó  con paso vacilante a Przemysl, siguiendo la vía del tren y ocultándose en el bosque.

-No se me ocurrió otro lugar a dónde ir –le explicó a Stefania, mientras engullía agradecido el pan que ella había puesto frente a él.


DOS SEMANAS DESPUÉS, Josef había recuperado las fuerzas y estaba listo para irse. Regresó subrepticiamente al gueto y encontró a Henek, su hermano menor, y a la esposa de Henek, Danuta, muriéndose de hambre .También encontró en condiciones terribles al doctor William Shylenger, un viejo amigo de su familia, a Judy, hija del doctor, a un dentista viudo de casi 60 años, amigo del médico, y al hijo del dentista, de 20 años.

Josef sobornó a un impresor para que le hiciera una tarjeta de identidad falsa, con la que pudo moverse por toda la ciudad y, con la ayuda de Stefania,  llevar alimentos a los otros. Pero después de que perdió la tarjeta y tuvo que golpear a un agente de la SS que lo detuvo, el recio y osado judío comprendió que aquel juego no podía continuar. Y fue a la casa de Stefania.

-Fusia –le dijo-: ¿puedes escondernos? Sin tu ayuda estamos perdidos.

 La muchacha pensó por un momento que Josef había enloquecido, y respondió:

-No puedo meter a toda esa gente bajo mi cama cada vez que alguien llame a la puerta.

-Tienes que encontrar una casa donde puedas ocultarnos a todos –le propuso Josef.

Stefania sabía que su hermana y ella podían morir si seguía protegiendo a ese hombre, pero también sabía que, si lo abandonaba, moriría en espíritu. Entonces se decidió.

-Si encuentro la casa, lo haré.

Buscó y dio con el número 3 de la calle Tatarska, una casita bastante independiente de las próximas, con dos habitaciones, cocina y ático. Después de consultar con Josef  la tomó en alquiler, la limpió y puso en las ventanas cortinas oscuras para que nadie pudiera mirar hacia dentro.

Los prófugos empezaron a llegar. Primero Josef y el hijo del dentista. Después el doctor Shylenger y su hija, seguidos por el dentista, un hombre serio y de barba que lloró de alivio al verse a salvo.

No acabaron de instalarse cuando llegó una nota de una amiga del dentista, una viuda que seguía en el gueto y que deseaba que la acogieran junto con su hijo y su hija. La nota daba a entender que si se negaban, ella podría denunciarlos. Enojada, Stefania accedió.

Después el dentista le suplicó a Stefania que permitiera que se sumaran al grupo su sobrino y la esposa de éste, quienes hasta el momento estaban escondidos en un edificio abandonado. Más adelante llegaron Henek y Danuta.

El último fue un cartero judío que se había enterado de lo que pasaba en aquella casa. Stefania aceptó una vez más, aunque con ese hombre aumentó a 13 el número de refugiados. Que hizo bien quedó terriblemente claro cuando todos los judíos que quedaban en el gueto de Przemysl fueron enviados a campos de exterminio.

STEFANIA compró unos tablones con los que Josef construyó en el ático una pared falsa. Tras la puerta, muy ingeniosamente disimulada, apenas había espacio para que durmieran las 13 personas.
Apenas había terminado Josef el trabajo cuando Stefania llegó con una aterradora noticia:

-¡En la casa de al lado vive un hombre de la SS!

El miedo de hacer ruido fue aún mayor.


UNA FRÍA MAÑANA el dentista anunció:
-Tenemos un caso de tifo.

La viuda había enfermado. Trataron de aislarla para evitar que los demás se contagiaran. La fiebre le subió mucho.    

Stefania entró en su habitación, se arrodilló ante la imagen de  la Virgen y oró: Por favor, sálvanos. No por mí, sino por Helena.

Cuando se volvió vio en la puerta a Josef, que le preguntó:

-¿Fue escuchada tu oración?

-Sí –le aseguró la joven, muy serena-. Estaremos bien. Los alemanes no vendrán.

Semanas después se presentó una nueva dificultad para los prófugos: se estaban quedando sin dinero para comprar víveres.

-Vamos a tener que ganarnos el pan con nuestras manos –propuso Stefania.

Al día siguiente, durante la hora del almuerzo en la fábrica, empezó a tejer un suéter con el estambre de otro que  había desbaratado en la casa. Una compañera le preguntó si le podía hacer uno a ella, por dinero.

-Claro que sí –aceptó Stefania.

Pronto tuvo más de diez pedidos. En el número 3 de la calle Tatarska se trabajaba noche y día. Los agradecidos compradores nunca se dieron cuenta de la enorme cantidad de prendas tejidas que la joven era capaz de entregar.

A fines de 1943, Stefania oyó rumores de que los alemanes estaban perdiendo la guerra y retirándose. Josef le aconsejó que no abrigara demasiadas esperanzas.

-Todavía no se han ido, y es posible que se vuelvan más feroces al sentirse derrotados.

Una mañana, cuando Stefania salía a trabajar, se oyó una sirena de la policía. A unas manzanas de distancia, la joven vio cómo unos agentes de la SS rodeaban una casa y sacaban a unos aterrorizados judíos y la familia polaca que los había escondido, y los arrojaban contra una pared.

-¡Fuego! –gritó el comandante, y las víctimas cayeron acribilladas por las balas.

Stefania, aturdida, se quedó mirado los cadáveres sangrantes. Después no pudo dormir bien durante varias semanas. Y una noche. De regreso en su domicilio, se preguntó cuánto más podría resistirlo.

  Al entrar en la casa vio a Helena, que jugaba al escondite con Josef y algunos de los otros. Los ojos de la niña brillaron cuando pasó corriendo y dijo:

-¡Ahora sí te voy a encontrar, Josef!

Stefania sintió que esa gente era su familia. No podía abandonarlos.


-¡ALLÍ VIENE LA SS! –anunció un día, meses más tarde, la persona que vigilaba desde una ventana.
Los prófugos corrieron a esconderse en el ático, y Stefania abrió la puerta.

Un oficial le informó secamente que disponía de dos horas para desalojar la casa.

-¿Por qué?-preguntó ella-. ¿De qué se me acusa?

-El ejército va a instalar un hospital aquí enfrente, y necesitamos esta casa para que sea dormitorio de enfermeras. Cuando el oficial se fue, Stefania corrió a preguntarle a Josef qué podían hacer.

-Helena y tú deben irse inmediatamente y esconderse en el campo –dijo él.

-¿Y ustedes?

-Moriremos peleando.

-Antes de que hagamos nada –replicó Stefania-, voy a rezar pidiendo ayuda.

-Vamos a rezar todos –propuso Josef, quien desde su escapatoria del tren había sentido cada vez más claramente la mano protectora de Dios.

Todos se dirigieron a la habitación de la joven, y se arrodillaron.

Hacía mucho tiempo, la Virgen de Czestochowa había prometido proteger a Polonia de sus enemigos. Stefania se concentró y le rogó a la Virgen que la histórica promesa incluyera a su familia judía.

Le pareció que una voz bondadosa le decía: No se vayan. No tienen nada que temer. Manda a los trece al ático; luego abre las ventanas y limpia la casa como si pensaras quedarte. Canta mientras trabajas.

Ya tranquila, Stefania le pidió a Josef que llevara a todos al ático.

-No los voy a dejar –les aseguró. Estaremos bien.

Luego, Helena y ella abrieron las ventanas y se enfrascaron en una limpieza general de la casa. Al rato volvió el oficial de la SS para decirles:

-No tienen que irse. Sólo necesitamos una habitación para dos de nuestras enfermeras.

¿Se habrían salvado’ ¿Cómo iban a sobrevivir con dos alemanas bajo el mismo techo?

Una semana más tarde llegaron las enfermeras. Pasaban casi todo el día en el hospital, pero por la noche llevaban frecuentemente soldados alemanes a la casa y armaban ruidosas francachelas en su habitación.

Los prófugos eran presa del terror y la tensión, Una tarde, las enfermeras llegaron antes de lo acostumbrado, acompañadas por dos soldados armados con rifles. Los cuatro hablaban en voz baja. De pronto, una de las mujeres subió la escalera de mano que conducía al ático.

Josef, oculto tras la pared falsa, oyó pasos y les hizo a los demás una señal de que se quedaran inmóviles. Por un agujerito vio aparecer la cabellera rubia de la enfermera. La mujer miró a su alrededor y frunció el entrecejo. Momentos después, los cuatro alemanes salieron de la casa. El escondite había pasado su prueba de fuego.

Al día siguiente, en su trabajo, Stefania se topó con un problema nuevo: el gerente anunció que la fábrica iba a ser desmantelada para reinstalarse en Alemania. El salario de la muchacha se convirtió en humo.

Todos se pusieron a tejer con más empeño que nunca. La venta de un suéter les daba apenas lo suficiente para comer tres días, y el mercado para sus productos no era constante. Pasaban días sin que pudieran llevarse nada a la boca.

Un día, una de las enfermeras volvió corriendo del hospital.

-¡Nos vamos a Alemania! –le dijo a Stefania-. Y tú vienes con nosotros. Necesitamos una criada.

Otra vez se vislumbraba un desastre. Josef, temeroso de lo que pudiera pasarle a su benefactora si se negaba, habló de nuevo de luchar hasta la muerte. Ella sólo movió la cabeza en señal de desacuerdo.
Hizo una maleta, vistió a Helena con su mejor ropa y platicó alegremente con las enfermeras sobre lo mucho que la entusiasmaba el viaje. Cuando las alemanas ya habían subido al camión que llegó a recogerlas, el chofer llamó con la bocina a Stefania, pero ella simplemente dio media vuelta y se alejó diciendo:

-Cambié de opinión. No voy.

Las enfermeras la amenazaron a gritos, pero el chofer tenía prisa y arrancó. Stefania corrió muerta de risa a la casa, y allí abrazó a Josef y comentó:

-Si hubieran querido obligarme a ir les habría propinado un buen puñetazo.

Poco después empezó a oírse ruidos de artillería por las calles. Y una mañana, Josef, que estaba de vigía, de pronto anunció:
-¡Vienen unos alemanes!

Por la calle Tatarska caminaban cansadamente tres maltrechos miembros de las antes victoriosas armadas nazis. Esos fueron los últimos enemigos que vieron los prófugos.

Por fin, cuando ya no tuvieron dudas de hallarse a salvo, bajaron del ático y salieron a la calle. Se veían muy estragados.

-¡Se fueron los alemanes! -dijo Josef, riendo.

En todos los rostros había sonrisas de alegría. Los moradores de aquella casa de la calle Tatarska se abrazaron. Josef apretó a Helena entre sus brazos, para luego hacerlo más largamente con la heroica Stefania.


En 1945, unos meses después de terminada la guerra Josef Burzminski le propuso matrimonio a Stefania. Ella bromeó:

-Me pediste que te permitiera quedarte una noche. ¿Ahora quieres que sea toda la vida?

La pareja emigró a Estados Unidosen1961, y Josef abrió en las afueras de Boston un consultorio dental. Allí criaron a su hijo y a su hija. Helena se casó, se recibió de médica y actualmente ejerce en la ciudad de Breslau, Polonia.

En 1993, Stefania y Josef asistieron a la inauguración del Museo del Holocausto, en Washington, D.C., a la cual asistieron también los jefes de Estado de Israel, Polonia, Estados Unidos y muchos otros países. Ese acto sirvió para recordar que, aun en medio del mayor mal causado por el ser humano, puede haber muchísimo bien.



Fuente:

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Reader’s Digest Latinoamérica, Abril de 1995, tomo CIX, núm. 653, pp. 112-118


Nota de B.A.: .Si me indican que puedan existir problemas por derechos de autor borraré el artículo.