martes, 3 de enero de 2017

Para Superar la Angustia

¿Le aterroriza tratar con desconocidos, pronunciar un discurso o someter un informe a la consideración de su jefe?  He aquí algunas sugerencias…

Por el Dr. David Burns

Recientemente me invitaron a dictar una conferencia sobre la angustia ante varios cientos de especialistas en salud mental, en Boston, Massachusetts. Mi intervención estaba programada después de las de varios psiquiatras prominentes. Al llegar mi turno, me sentía especialmente nervioso porque el orador que me había precedido había cautivado al público.

Al acercarme al estrado, el corazón me latía con fuerza y yo tenía la boca seca. ¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunté.

Para colmo de males, mi disertación trataba en parte del miedo a hablar en público. Para calmarme, intenté una técnica fuera de lo común, y le pregunté al auditorio: “¿Cuántos de ustedes se sienten nerviosos cuando pronuncian un discurso?” Se levantaron casi todas las manos. “¡Pues precisamente así me siento ahora!”, declaré.

El público reaccionó con risas. Ya sereno inicié mi exposición.

Todos nos vemos  a veces en situaciones que nos ponen nerviosos. Tal vez a usted le asuste la posibilidad de decir tonterías en un coctel, farfullar incoherencias durante una exposición verbal en su trabajo, o quedarse con la mente en blanco en un examen.

En algunos casos, la angustia lega a ser tan intensa, que  incapacita a la persona. En un estudio que hizo en 1984 el Instituto Nacional de Salud Mental (INSM) de Estados Unidos, se calculó que entre 2 y 4 millones de estadounidenses se ven seriamente limitados por fobias sociales en su vida personal y profesional. Aunque el estudio del INSM se concentró en trastornos graves,, casi todo el mundo ha pasado por estados de angustia leves.

A través de los años, mi trabajo con cientos de pacientes me ha enseñado que cualquier persona puede adquirir mayor confianza en sí misma, incluso en las situaciones de mayor estrés. He aquí algunos consejos sencillos, pero útiles:

1. Quítese la Máscara. Cuando nos mudamos de casa, mi hija hizo amistad con una niña que vivía cerca, en una mansión. Cierta noche en que yo vestía pantalones vaqueros y una playera vieja, pasé a recogerla. Sue, la madre de su amiga, vestida como una modelo profesional, me invitó a pasar a un gran vestíbulo atestado de costosas antigüedades y pinturas al óleo.

Me sentía muy incómodo. Notando mi zozobra, Sue me preguntó qué me pasaba. Habría querido ocultar mis emociones, pero le confesé:

–No estoy acostumbrado a estar en casas tan elegantes.

–¡ Vaya! Nunca imaginé que los psiquiatras pudieran sentirse inseguros –observó ella, riendo.

Estoy convencido de que mi sinceridad con esa dama nos relajó a ambos. Si hubiera negado mis sentimientos, habría  agudizado la tensión al grado de parecer falso. Como en la conferencia de Boston, fui sincero respecto a mii inseguridad. Esa franqueza es una buena manera de acercarnos a la gente.

2. Combata sus Temores Uno por Uno. Cuando trabajaban en la Univesidad Estatal de  Pensilvania, el psicólogo Michael Mahoney y el instructor de gimnasia Marshall Avener investigaron los efectos de la angustia sobre los gimnastas en las pruebas que se efectuaron para integrar el equipo olímpico de Estados Unidos, en 1976. ¿Quiénes cree usted que sentían más angustia antes de una competición: los atletas que a la postre ganaban, o los que terminaban perdiendo? Los investigadores descubrieron que ambos grupos presentaban la misma angustia. Lo que diferenciaba a los perdedores de los ganadores era la manera de superarla.

Los atletas menos brillantes rumiaban sus temores y, al imaginarse que su actuación iba a ser desastrosa, creaban en sí mismos una especie de pánico. Los ganadores, por lo general, hacían caso omiso de su angustia, para concentrarse, en cambio, en lo que tenían que hacer: Respira profundamente, o Ahora voy a estirar los brazos y a sujetar la barra. Controlaban sus temores fragmentando el trabajo en una serie de pasos pequeños. Esta técnica da resultados casi en cualquier cosa que uno se proponga realizar.

Me enviaron a Penny tres días antes de que presentara su primer examen final en la escuela de Derecho. “Estoy tan asustada, que no entiendo ni la primera frase de los textos”, me dijo. “Estoy segura de que voy a fracasar. Tal vez sería mejor abandonar los estudios”.

La angustia crea el mito de que no podemos desempeñarnos bien. Penny necesitaba aprender que, aun sometida a presión, podía actuar eficazmente. El primer paso consistió en lograr que el examen le pareciera menos amenazador. Como temía que su mente se acelerara tanto que se le dificultar a entender incluso las instrucciones, convino en leer todo palabra por palabra. Si tropezaba con alguna pregunta difícil procuraría interpretarla.

Algo más importante aún: la convencí de que, por muy nerviosa que se sintiera, no dejara de escribir durante las dos horas del examen. Le indiqué que no podía perder el tiempo en vacilaciones.

–¿Y si no consigo pensar en nada coherente? –me preguntó.

 –Escribe cualquier cosa –contesté–; aunque sea un galimatías.

Dos semanas después, Penny vino a enseñarme su calificación: le habían dado un “excelente”. Su caso demuestra la importancia vital de no rendirse cuando se está nervioso. Escriba usted esa primera oración del informe o dé esa primera brazada en la justa de natación. En cuanto empiece, advertirá que la tarea le sale mejor de lo que creía.

3.  Imite a los Entrevistadores Profesionales. Muchos tenemos que hablar con gente en situaciones incómodas. Quizá se trate de conversar con su nuevo jefe en una fiesta de la empresa, o de conocer a sus futuros suegros. ¿Qué decir cuando se queda la mente en blanco?

Haga de la otra persona el tema de la conversación. Los entrevistadores profesionales sacan a relucir lo mejor de sus invitados, haciéndoles hablar de sí mismos. Puede usted emplear ese método formulando unas cuantas preguntas; por ejemplo: “¿Cómo se interesó usted por tal o cual cosa?” o, “¿Podría comentar algo más sobre este tema?”.

Lo único que desea la mayoría de la gente es que se le preste atención. Los psiquiatras y los psicólogos se ganan bastante bien la vida escuchando comprensivamente y haciendo algunas preguntas pertinentes. Si ellos pudieron salirse con la suya, ¿por qué usted no?

4. Convierta la Angustia en Energía. Todos nos sentimos nerviosos antes de actuar en público, ya sea para hacer una exposición de trabajo o para intervenir en una función de teatro escolar. La clave estriba en lograr que sus nervios colaboren con usted.

Muchas veces me han entrevistado en la televisión y, antes, estas situaciones me ponían nerviosísimo. Una paciente comentó, sorprendida, lo rígido y torpe que me veía. En cuanto entrábamos al aire, me congelaba y perdía la espontaneidad. Cuanto más intentaba tranquilizarme, tanto más nervioso estaba.

Al cabo, encontré la solución.  En un programa de entrevistas, el productor había arreglado un debate entre otro psiquiatra y yo. Durante la primera parte, mi colega sugirió que yo era sólo un “autor de libros”, no un investigador. Encolerizado por aquel ultraje, resolví dejar de preocuparme por ser un invitado cortés y encantador, y me concentré en presentar mis ideas con la fuerza y la convicción que merecían. Me sentí súbitamente cargado de energía y empecé a disfrutar cada minuto del programa.

Los psicoterapeutas llaman a esto “reformulación positiva”, lo que significa analizar un problema desde un ángulo diferente (considerándolo “bueno” en vez de “malo”, por ejemplo). Podemos mitigar la angustia si creemos en nosotros mismos y tenemos el valor de expresar nuestros sentimientos. En cuanto utilicé mi nerviosismo–esa dosis adicional de adrenalina– como una forma de energía, pude intervenir con vigor y “pegar duro”.

5.  Deje de Compararse. Uno de los mayores obstáculos en nuestra vida social es el temor de no estar a la altura de las circunstancias. Tal vez sienta usted que no impresionará a otras personas porque estas tienen mayor seguridad en sí mismas o son más brillantes, inteligentes o atractivas que usted. Esta es una manera errónea de pensar. El secreto para llevarse bien con lo demás radica en que cada quien se acepte tal como es.

Cuando estudiaba yo en la universidad llevaba un diario lleno de recuerdos personales. Algunos eran dolorosas evocaciones de mi niñez; ocasiones en que me sentí lastimado, confuso, solo e inseguro. Allí describí fragmentos de mis sueños, y también sentimientos muy íntimos de ira y odio, además de lo que me encantaba, como las tiendas de artículos para magos y prestidigitadores  y los comercios numismáticos.
Entonces, ocurrió algo terrible. Una noche, después de cenar, me di cuenta de que había dejado mi diario en un guardarropa, junto al comedor de la universidad. Aterrorizado de que alguien lo leyera y descubriera la verdad sobre mí, regresé corriendo, sólo para comprobar que había desaparecido.

Pasaron varias semanas. Al cabo, abandoné la esperanza de recuperarlo. Un día, mientras colgaba mi chaqueta en aquel mismo lugar, vi mi gastado diario de color café… precisamente donde lo había dejado.
Nervioso, lo hojeé y descubrí que unas manos extrañas habían escrito esto: “¡Que Dios te bendiga! Me parezco mucho a ti, pero yo no llevo un diario, y me da gusto saber que hay otros como yo. ¡Ojalá todo te salga bien!!

Se me arrasaron los ojos. Nunca se me había ocurrido que alguien pudiera reconocer mis sentimientos íntimos y aun así apreciarme.

No Importa cómo sea usted –rico o pobre, genial o del montón, atractivo o anodino–, siempre habrá gente a la que inspirará simpatía, y gente a la que le resultará indiferente. Nadie es aceptado por todo el mundo; pero si usted se acepta, atraerá a muchas más personas.


Condensado de “The Feeling Good Handbook”, © 1989,  y de “Intimate Connections”,  © 1985 por David Burns. Publicado por William Morrow & Co., Inc. de Nueva York, Nueva York.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CI, Número 602, Año 51, Enero de 1991, págs. 69-72, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unidos

lunes, 2 de enero de 2017

La Masa Siniestra


Los habitantes de la zona cercana a  la estación de investigaciones atómicas temían que hubiera un accidente…

Cuento

Por Arthur C. Clarke

El miércoles es el día que nos reunimos en el Ciervo Blanco, taberna ubicada entre la calle Fleet y el dique del Támesis. Me refiero a los periodistas y los científicos de la calle Fleet (el King’s College está cerca, sobre la ribera).
En el Ciervo Blanco se contaban a veces historias extraordinarias; por ejemplo, la que relató Harry Purvis sobre cómo evitó la evacuación del sur de Inglaterra. He aquí la historia:

Sucedió hace dos años, en el Centro de Investigaciones de Energía Atómica, cerca de Clobham. Trabajé ahí algún tiempo, en un proyecto especial del que no puedo hablar.

Estábamos unos seis científicos en el bar del Cisne Negro. Era sábado por la tarde, un hermoso día, a fines de primavera. Desde las ventanas abiertas se dominaba la ladera de Clobham Hill.

El personal del Centro se llevaba muy bien con los pueblerinos, aunque ellos solían preguntarnos, entre bromas y veras, si planeábamos provocar pronto una buena explosión. Se suponía que esa tarde debían estar presentes algunos compañeros que finalmente no asistieron, porque hubo una tarea urgente en la División de Isótopos. Stanley Chambers, el dueño de la taberna, le preguntó a mi jefe, el doctor French:

-¿Por qué no vinieron sus compañeros, doctor?

-Están ocupados en las obras; llegarán más tarde.

(Acostumbrábamos llamarle al Centro  ”las obras”, para contrarrestar su fama atemorizante).

-Un día -observó Stan, en tono grave-, usted y sus amigos dejarán escapar algo que no podrán encerrar de nuevo. ¿Adónde iremos a parar entonces?

-A medio camino de aquí a la Luna -respondió French. Una salida imprudente, pero las preguntas tontas lo sacaban de quicio.

Un hombre que estaba sentado en el reservado, junto a la  ventana, terció con voz meditabunda:

-Yo estaba en St. Thomas la semana pasada, y vi que transportaban un cargamento, seguramente de esos isótopos que ustedes envían a los hospitales. Lo llevaban en una caja de plomo, herméticamente cerrada, que debe de haber pesado, por lo menos, una tonelada. Sentí un escalofrío al imaginar lo que pasaría si alguien manejara aquello en forma inapropiada.

-El otro día calculamos que había suficiente uranio en Clobham para hacer hervir el Mar del Norte –replicó French, molesto por la interrupción de su juego de dardos.

Aquello no era verdad, por supuesto, pero yo no podía contradecir a mi jefe, ¿verdad?

Vuelta Forzada. Noté que el hombre del reservado miraba hacia el camino con expresión de angustia.

-La sustancia esa que sale de su laboratorio en camiones, ¿no es así? –preguntó con cierto apremio.

-Sí; y muchos de esos isótopos son de vida corta y tienen que llegar a su destino de inmediato.

-Bueno, pues hay un camión en dificultades, allá abajo. ¿Es uno de los suyos?

El tablero de dardos se quedó olvidado, pues todo el mundo corrió a asomarse a la ventana. Alcancé a ver un enorme camión cargado con cajas de embarque, el cual se estaba precipitando colina abajo, como a medio kilómetro de nosotros. De vez en cuando rebotaba contra el seto vivo que bordeaba el camino; sin duda, los frenos le habían fallado, y el conductor había perdido el control del vehículo. Por fortuna, no venían otros vehículos en sentido contrario.

El camión llegó a un recodo del camino y se salió atravesando el seto. Luego avanzó unos 50 metros con velocidad decreciente, entre saltos y violentas sacudidas, por lo accidentado del terreno. Casi se había detenido cuando se topó con una zanja y, con gran parsimonia se volcó de lado. Segundos después llegó hasta nosotros el ruido de madera resquebrajada, pues las cajas estaban cayendo al suelo.

Entonces vimos algo que nos dejó boquiabiertos: la portezuela de la cabina se abrió, y el conductor salió a gatas. Estábamos lejos, pero notamos su agitación. El hombre no se sentó a recobrar el aliento, como era de esperarse: de inmediato se puso en pie y se alejó corriendo, como si lo persiguieran todos los demonios del Averno. Presenciamos pasmados y con aprensión creciente cómo desaparecía corriendo cuesta abajo. En el ominoso silencio del bar, alguien preguntó: ”¿Creen que debemos quedarnos aquí? Porque…. ¡está a sólo ochocientos metros!”

Con los nervios de punta. La reacción general fue un movimiento indeciso de alejarnos de la ventana. French soltó una risita nerviosa, y reflexionó:

-No sabemos si se trata de uno de nuestros camiones y, de todos modos, es imposible que eso estalle. Lo que el conductor teme es que se incendie el tanque de gasolina.

-Ah, ¿sí? -intervino Chambers-. Entonces, ¿por qué sigue corriendo? Ya bajó la mitad de la colina. Iré por mis binoculares.

Nadie se movió hasta que regresó el tabernero; es decir, nadie excepto la pequeña figura, allá lejos, que por fin desapareció en el bosque sin aflojar el paso.

Stan se tardó una eternidad escudriñando con los binoculares, hasta que los bajó y emitió un gruñido: “No es mucho lo que distingo; el camión se volcó hacia el otro lado. Las cajas están dispersas por ahí, y algunas, abiertas. A ver si usted nota algo más”.

Vista borrosa. French miró largo rato, y luego me pasó los binoculares. Eran de un modelo anticuado, y no servían de mucho. Por un momento me pareció ver una extraña nebulosidad alrededor de algunas cajas, pero eso era absurdo; lo atribuí al mal estado de los lentes.

Entonces, dos ciclistas subieron la colina en un tándem, y al llegar al hueco recién abierto en el seto desmontaron inmediatamente para averiguar lo que había sucedido. El camión se veía desde el camino. Se acercaron tomados de la mano; la muchacha se resistía, y el hombre seguramente le decía que no tuviera miedo. Llegaron a unos cuantos metros del camión, y de pronto se alejaron a toda carrera en direcciones opuestas. Ninguno se volvía para ver cómo le iba al otro, y corrían de manera muy peculiar.
Stan, que había recuperado sus binoculares, los bajó con mano temblorosa, y gritó:

-¡A los automóviles!

-Pero… -comenzó French.

Stan lo hizo callar con la mirada:

-¡Malditos científicos!- al tiempo que decía esto, aseguraba la caja registradora (ni en momentos como aquel se olvidaba de su deber)-. Sabía que lo harían, tarde o temprano.

Entonces se fue, y la mayoría de sus amigos lo siguieron. No se ofrecieron a llevarnos.

-“Esto es absurdo”- tronó French.” “Antes que sepamos qué pasa, esos mentecatos habrán hecho cundir el pánico” Y yo sabía que tenía razón. No tardarían en avisarle a la policía; desviarían el tránsito de los caminos a Clobham; las líneas telefónicas se bloquearían con tantas llamadas. Si nunca se deben subestimar los alcances del pánico, mucho menos podíamos hacerlo en un caso como aquel, pues, debemos recordarlo, a la gente le asustaban nuestras instalaciones.

Nosotros  por nuestra parte, también estábamos ya inquietos. No teníamos la menor idea de lo que estaba pasando allá abajo, junto al camión volcado, y no hay nada que odie más un científico que sentirse completamente desconcertado.

Tomé los binoculares de donde Stan los había dejado y me puse a examinar el camión. Mientras miraba, empezaba a incubarse una teoría en mi mente. Aquellas cajas, en efecto, estaban rodeadas de una especie de aura siniestra. Las escruté hasta que me ardieron los ojos, y entonces le dije a French: “Creo que ya sé de qué se trata. ¿Por qué no telefonea a la oficina de correos de Clobham, para tratar de interceptar a Stan e impedir que propague rumores? Avise que está todo controlado. Mientras, caminaré hasta el camión, a ver si puedo probar mi teoría”.

No hubo voluntarios que me acompañaran. Aunque emprendí la marcha bastante confiado, pronto comencé a flaquear. Al fin y al cabo, hay ocasiones en que se impone el valor ante el peligro, y otras en que lo más sensato es tomar las de Villadiego*. Pero era demasiado tarde para regresar, y yo estaba más o menos seguro de mi teoría.

*De la frase Coger o tomar las de Villadiego: Huir de un riesgo o compromiso.

En ese punto, mientras contaba su historia en el Ciervo Blanco. Harry Purvis fue interrumpido por George Whitley.

-Ya sé: era gas.

Harry replicó:

-Ingenioso lo que sugieres. Eso pensé justamente, lo cual demuestra cuán estúpidos podemos ser a veces –luego prosiguió:

A 15 metros del camión me detuve en seco, y aunque el día era caluroso, un escalofrío muy desagradable empezó a recorrerme la espina dorsal. Lo que vi echó por tierra mi teoría del gas.

Una masa negra y reptante se retorcía sobre una de las cajas. Por un momento intenté persuadirme de que era un líquido oscuro que escapaba de un recipiente roto. Pero los líquidos no desafían la gravedad, y eso es lo que estaba haciendo esa cosa. Además, no cabía duda de que estaba viva. Desde donde yo me encontraba parecía el seudópodo de una amiba gigante, pues cambiaba de forma y grosor y se movía de un lado a otro sobre la caja rota.

Muchas fantasías dignas de Edgar Allan Poe desfilaron por mi mente en unos cuantos segundos. Pero recordé mi deber de ciudadano y mi orgullo de científico, y volví a emprenderla marcha, aunque no muy de prisa.

Recuerdo que olfateé cautelosamente, como si todavía creyera en la teoría del gas. Pero fueron mis oídos, no mi nariz, los que me dieron la respuesta, pues el fragor que producía esa masa siniestra y bullente iba intensificándose. Lo había escuchado un millón de veces, si bien nunca tan fuerte. Entonces me senté en el suelo, no muy cerca, y me reí hasta que me  cansé. Finalmente me levanté y regresé a la taberna.

-Bueno, ¿qué es?  –preguntó el doctor French, ansioso-. Tenemos a Stan en la línea; está en el cruce de caminos. Pero no regresará si no le explicamos exactamente qué ocurre.

-Dígale que traiga al apicultor del pueblo. Hay mucho que hacer para él.

-¿Qué traiga a quién? –preguntó French, y se quedó boquiabierto-. ¡Dios mío! No querrás decir que…

-¡Precisamente! Ya se están calmando, pero todavía tienen para rato. Aunque no me detuve a contarlas, debe haber allá abajo medio millón de abejas tratando de regresar a sus destrozadas colmenas.


Condensado de “Critical Mass”. © 1957 por Republic Feature Syndicate, Inc. y “Please Silence” © 1954 por Popular Publications, Inc., que aparecieron en  “Tales From The White Hart”. Por Arthur C. Clarke. Publicado por  Sidgwick & Jackson de Londres.

Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XCVIII , Número 579, Febrero de 1989, Reader’s Digest Latinoamérica, S.A.,  Coral Gables, Florida, Estados Unidos, págs 110-114





martes, 20 de diciembre de 2016

Cuáles son las peores cosas que se suelen hacer después del ejercicio (y una que no lo es)


miércoles, 14 de diciembre de 2016

El Mejor Consejo que Jamás Oí - I


Por Herbert Morrison
Político inglés

Una Noche en Londres, a eso de la diez, pasé por cierta esquina del escasamente alumbrado barrio de Brixton. Dentro del círculo de claridad vacilante bosquejado por una lámpara de gas, un hombre alto, pálido, peroraba ante un pequeño grupo de curiosos desde su pequeña tribuna portátil.

«Aprended del tema más interesante del mundo… ¡el conocimiento de uno mismo! –gritaba con voz correosa. ¡Aprended cómo se conquista el éxito! ¿Cuáles son vuestras aptitudes para vencer? La frenología os lo dirá».

Tremolaba en la mano un diagrama del cráneo humano, pintorescamente dividido en secciones «historia, matemáticas, memoria», etc., etc.

Yo mandadero entonces de una tienda de comestibles, no tenía la menor idea de lo que la frenología pudiera ser. Pero, si las protuberancias de mi cabeza de rapaz de 15 años señalaban algunas de aquellas capacidades magníficas, necesitaba enterarme de cuáles eran.

Avancé hacia el hombre y le alargué la imprescindible moneda de seis peniques, gasto excesivo para mi pobreza. El frenólogo puso las yemas de sus dedos sobre mi cráneo, protuberancia por protuberancia.
 «Este relieve que se nota sobre las cejas es signo de originalidad. Frente muy bien redondeada (memoria). ¿Has visto alguna vez un retrato de Macaulay? Tenía la protuberancia de la memoria tan grande como un huevo ».

Terminada la interpretación, el hombre me miró a los ojos, y bajando la voz, me dijo gravemente:
« Te ha caído en suerte una buena cabeza ¿Qué es lo que lees?»

-Folletines policíacos –le dije- y novelas cortas.

-Mejor esa bazofia que nada. Pero tienes una cabeza demasiado buena para emplearla en eso. ¿Por qué no materias mejores… historia, biografía? Lee lo que te plazca, pero adquiere el hábito de la lectura seria.

Me lisonjeó que este examinador de innumerables cabezas haya encontrado algo especial en la mía. Camino de mi casa el corazón me palpitaba de prisa. «Herbert Morrison tienes una cabeza demasiado buena para gastarla en vanas lecturas» -decíame también yo a mí mismo». Aunque no había recibido más educación que la de la escuela primaria, me encontraba capaz de acometer lecturas serias.

Al día siguiente, con un chelín ahorrado de mis siete semanales de sueldo, compré un ejemplar de la Historia de Inglaterra, de Macaulay. A pesar de lo que teníamos en común el autor y yo (la protuberancia de la memoria) terminé el libro con una sensación de desencanto. Trataba de asuntos pretéritos demasiado remotos. Días adelante, descubrí Las Lecturas de la Historia de Inglaterra, de Green, obra más moderna que encendió mi fantasía. Por ella adquirí plena conciencia de los problemas sociales, y me di a imaginar cómo podrían mejorarse las condiciones en que vivían los trabajadores londinenses que veía a mi alrededor.

La embriaguez, por ejemplo. ¿Por qué -me preguntaba- tantos individuos beben y beben hasta idiotizarse? ¿No podríamos contenerlos? ¿No podríamos prohibir la venta de bebidas alcohólicas?

Antes yo había divagado ociosamente acerca de problemas de esa índole, hasta darles de lado por insolubles. Ahora, gracias al frenólogo, sabía bien a qué atenerme.

En la biblioteca pública, comencé por leer folletos contra el alcoholismo. De ellos pasé pronto a estudios sobre la revolución industrial y la situación de las clases trabajadoras contemporáneas. Problemas como el de la mala vivienda, altos alquileres, el de la educación deficiente adquirieron verdadero significado para mí. Tuve para la gente que frecuentaba las tabernas una mirada más comprensiva.

Se apoderó de mi alma la emoción de aprender, uno de los mayores gozos que he conocido. Luché por conseguirme tiempo y lugar para leer. Me levantaba una hora antes de lo usual. Luego de vestirme en el cuarto sin calefacción que ocupaba encima de la tienda, me envolvía en una frazada y leía lo que me era posible antes de que la mujer del tendero me llamase a desayunar. Mi habitación era demasiado fría para poder leer en casa durante la noche: y así adopté la costumbre de hacerlo en un café situado a varias cuadras de la tienda. Me sentaba allí con mi libro ante una mesa apartada, pedía una taza de chocolate de medio penique y me estaba leyendo hasta muy tarde. De esta manera fui conociendo el pensamiento de Ruskin, de Matthew Arnold, del príncipe Kropotkin en sus Campos, fábricas y talleres

Posteriormente, siendo ya telefonista de una cervecería, leí los Principios de Psicología, de Spencer y el Origen de las Especies, de Darwin, mientras iba o venía del trabajo en el autobús o el tren.

Mi mente hervía de ideas que a cada momento me era dable confrontar con la realidad. Eché discursos en los mitines socialistas, en las reuniones sindicales y en las discusiones al aire libre. Sustentaba teorías respecto a cómo debían desarrollarse un centenar de diferentes proyectos, desde los de salubridad pública y vivienda hasta los de biblioteca y organización laboral, pasando por los de inspección sanitaria y cloacas, recogida de basuras y baños públicos. (Me sentía personalmente interesado en este último problema, pues tenía que caminar tres kilómetros para poder darme mi friega semanal).

Inevitablemente, terminé por actuar como miembro del movimiento político laborista. Mis campañas me hicieron sentir la necesidad de más amplias y profundas lecturas, al objeto de capacitarme para expresar mis pensamientos y apoyar mis conclusiones. Con frecuencia el auditorio me acribillaba a preguntas. Cuando se planteaba un problema difícil, salía del paso como podía y aquella noche buscaba datos con ahínco en la biblioteca. Era maravillosa la frecuencia con que la misma cuestión se suscitaba en el mitin siguiente.
Huelga decir que toda esta experiencia constituyó valiosa preparación para mi carrera en la Cámara de los Comunes.

He pasado no pocas horas agradables escuchando la radio, y alguna contemplando la pantalla de la televisión. Aplaudo la forma dramática en que por esos artificios modernos  llega a la gente copiosa información útil. Pero no he oído ni visto nunca un programa radiofónico o de televisión que pueda superar el valor de la lectura de un buen libro. Por eso viviré siempre agradecido a mi amigo anónimo, el frenólogo de la esquina que me dio el mejor consejo que jamás oí: adquiere el hábito de la lectura seria.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo XXXI, N° 186,  Mayo de 1956, pp. 41-43, Selecciones del Reader’Digest S.A, La Habana, Cuba

martes, 13 de diciembre de 2016

Como Hablar de Sexualidad con los Chicos


Si usted no les explica, otros lo harán… antes de lo que usted cree.

Por la Dra Joyce Brothers

Una atractiva maestra universitaria, de 30 y tantos años y divorciada, se había hecho el propósito, cuando se casó, de esperar un tiempo antes de tener hijos. Pero no tardó en quedar embarazada. Seis meses después del nacimiento del primer hijo volvió a embarazarse, y renunció a su empleo. Concibió por tercera vez, y entonces le dijo a su esposo: “¡Basta de relaciones sexuales!”  Él a su vez, le dijo adiós.

–Por mi ignorancia en lo relativo a la sexualidad, se arruinó mi vida –me confió ella–. No quiero que mis hijos terminen como yo, solos y pasando estrecheces para criar a su familia. 

–¿Ha hablado ustedes con ellos sobre sexualidad? –le pregunté.

–No –respondió–. Son muy pequeños. Además, no me siento preparada para hacerlo.
Ciertamente, es un tópico que puede intimidar. Con frecuencia, a los padres de familia les resulta embarazoso conversar sobre la sexualidad con sus hijos. A veces consideran que no conocen bien el asunto, o creen que los chicos ya lo saben todo. Otros temen “llenarles de ideas la cabeza”. Como me dijo una madre: “Si les explico de qué se trata, querrán probarlo”.

En realidad ocurre lo contrario. Algunos estudiosos muestran que los padres pueden retrasar el momento en que sus hijos se involucren en actividades sexuales dándoles información sobre el tema, pues al hacerlos elimina una fuerte motivación: la curiosidad. El conocimiento les proporciona también una visión realista de los riesgos y las responsabilidades.

Recuerde que, si usted no conversa sobre la sexualidad con ellos, otros lo harán. Ciertas encuestas han mostrado que la mayoría de los menores varones reciben de otros muchachos las primeras noticias al respecto.

Puedo garantizarle que usted está mejor informado que los compañeros de juegos de sus hijos. Por lo tanto, le aconsejo que preste especial atención a la educación sexual de su familia. A continuación encontrará seis recomendaciones sobre la manera de abordar la cuestión.

1. Enseñe con el Ejemplo. Los niños aprenden cosas sobre la sexualidad y la moral observando las actitudes y el comportamiento de sus padres. El ejemplo de una relación cariñosa y solícita es el mensaje más poderoso sobre la sexualidad que podemos transmitirles. Es importante que los padres estén conscientes de que, en su condición de modelos para sus hijos, no sólo importa lo que dicen, sino más aun lo que hacen.

2. Pinte un Panorama Optimista. Hemos exagerado con las historias de terror que les contamos a los niños. Es verdad que existe una conexión entre la sexualidad y las enfermedades venéreas, el SIDA, las adolescentes embarazadas, las violaciones, la pornografía y el abuso sexual de menores.   Y, por supuesto, debemos advertir a nuestros hijos de estos peligros. Pero a veces olvidamos que el sexo, bien llevado, es  algo bueno y maravilloso.

No hay razón para alarmarse ante las preguntas de los pequeños. No debemos gritarles ni decirles que son “malos” si vemos que se tocan, por ejemplo. La masturbación no los volverá locos. En cambio, el sentimiento de culpa o de vergüenza puede afectarles de manera negativa.

Se supone que la sexualidad es una forma de expresar amor. También, que es una fuente de placer. Debemos hablarles a nuestros hijos acerca del gozo y la plenitud que conlleva el deseo de tener relaciones sexuales con la persona amada, aquella con la que estamos comprometidos para toda la vida.

3. Comience la Educación de los Niños en Edades Tempranas. Muchas personas creen que la educación sexual consiste en llevar aparte a un adolescente para “decirle la verdad”. Esta es precisamente la forma errónea de manejar el asunto. La gran revelación puede resultar embarazosa y desagradable, y no suele satisfacer las necesidades de los chicos. La educación sexual debe ser un flujo continuo de información, iniciado desde la infancia temprana.

El mejor momento para comenzar es entre los tres y los cinco años de edad. Déjese guiar por la curiosidad natural de sus hijos. Trate el descubrimiento de sus genitales de la misma manera que el de los dedos de los pies y de las manos, y utilice términos adecuados.

Si habla de estas cosas con sus hijos cuando aún son más pequeños, le resultará más fácil tratar el tema de las relaciones sexuales cuando lleguen a los 15  o los 18 años. De ese modo, usted habrá preparado el terreno para que no haya vergüenza, y sus hijos habrán aprendido a acudir a usted para resolver sus dudas.

Los chiquillos necesitan sentirse en libertad de hablar con sus padres acerca de la sexualidad mucho antes de la adolescencia, porque son seres sexuales antes de llegar a esa etapa.
Un joven padre se quedó desconcertado cuando su hijo de ocho años de repente decidió que ya no se bañaría con él. En cuanto salía de la ducha, se apresuraba a ajustarse una toalla a la cintura.

Un día en el que ambos estaban recogiendo naranjas, el niño empezó a rechazar las más pequeñas con expresión de desdén:
–Demasiado chicas; no sirven –decía.

El padre comprendió que al chico le preocupaba el tamaño de su pene y de sus testículos. Entonces juntó su mano con la de su hijo, y le habló así:

–Mira, mi mano es mucho más grande que la tuya. Pero yo ya dejé de crecer. Incluso antes de que tú termines de hacerlo, tu mano quizás sea más grande que la mía. Todo tu cuerpo podría ser mayor que el mío.

–¿De verdad? –preguntó el niño sonriendo.

El padre asintió y continuó:

–Pero no importa cuánto crezcas;  yo siempre pensaré que mi tamaño está bien para mí. El de todo mi cuerpo. Y tu tamaño estará bien para ti.

4. Tranquilícese. Usted ha conversado con sus hijos sobre infinidad de cuestiones en las que no es ningún experto, y no le ha preocupado la profundidad de sus conocimientos. La actitud es lo que cuenta. Mantenga la disposición a discutir cualquier tema con sus hijos.

Un embarazo en la familia puede ser motivo para que un chiquillo haga preguntas hasta conseguir que se le explique todo lo relacionado con la existencia y el nacimiento de un bebé. Si un pequeño de cuatro años pregunta por qué una recién nacida no tiene “pipí”, usted puede explicarle que las vías urinarias de las niñas están en el interior de su cuerpo, mientras que las de los niños se encuentran en el pene. Señale también que las diferencias no son defectos y que ninguna de las dos formas es mejor o peor que la otra.

5. Tome en Serio los Sentimientos de sus Hijos. Las inquietudes y los temores de estos pueden parecerles irracionales, e incluso tontos, pero para ellos son reales y no hay que menospreciarlos. Si usted ridiculiza las preguntas que le hacen diciendo, por ejemplo: “Eso sólo pueden saber los chicos mayores”, entonces estará cortando la comunicación.

Entre los seis y los 12 años de edad, alrededor del 90 por ciento de los niños entablan una estrecha relación con alguien del sexo opuesto. Este “amor infantil” no es sexual, pero constituye una práctica para el enamoramiento en épocas posteriores. Y si usted no lo toma en serio, el chico desconfiará de sus consejos en el futuro, cuando sea muy importante que los escuche.

Cuando un hijo suyo llega de la escuela con un dibujo, usted lo elogia y lo pega en la puerta del refrigerador. Muestre por las amistades del niño o de la niña la misma consideración que concede a sus obras de arte.

6. Sea Chapado a la Antigua.  Muchos padres vacilan en conversar con sus hijos sobre la sexualidad porque piensan que sus ideas son anticuadas. Y hay matrimonios que permiten que sus hijos tengan relaciones sexuales en casa porque consideran que es mejor que lo hagan ahí que en algún otro lado. Eso es absurdo. Los chicos que conocen los límites fijados por sus padres acaban haciendo suyos esos límites, aunque aparenten que los rechazan, mientras que los jóvenes que suelen meterse en líos son aquellos que no conocieron ninguna limitación.

Y aun quienes superan indemnes los años de la adolescencia pueden encontrarse con que su ignorancia en torno a la sexualidad estropea su felicidad conyugal, como le ocurrió a la maestra universitaria.

Siempre señalo que tener relaciones sexuales demasiado pronto resulta igualmente perjudicial para los chicos que para las chicas. Si un muchacho las tiene antes de completar su maduración, después tiende a explotar a las muchachas, a utilizarlas para obtener placer y “anotarse una conquista más”. Cuando crecen y se casan, a muchos de esos jóvenes les resulta difícil unir las ideas de sexualidad y amor.

Aún hay personas que creen, pese a todas las pruebas en contra, que la ignorancia sobre la sexualidad no puede dañar a los niños y por ese motivo no tratan el tema con ellos.

El conocimiento de que la experiencia sexual imprudente encierra peligros para la felicidad y la salud, e incluso para la vida, puede disuadir a los jóvenes de tener relaciones sexuales prematuras. Y también el convencimiento de que esperar el momento adecuado y a la persona idónea puede hacer de la intimidad sexual uno de los placeres más grandes y duraderos de la vida.


Revista Selecciones del Reader’s Digest, Tomo CV, Número 627, Año 53, Febrero de 1993, págs. 27-30,  Reader’s Digest Latinoamérica, S.A., Coral Gables, Florida, Estados Unido